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De paseo por el jardín que a mi casa acorrala, espera tranquilo Pedro -en su banco, su diario, su pitillo- a Eva, que su nieta empuja y se sienta, y se miran, ni hablan pero se cuentan lo que ya dijeron a tantas mujeres, a tantos hombres. Ni hablan pero se mienten, que enseñaron ya sus cartas y aprendieron a jugar hace tiempo, con tantas otras mujeres, con tantos otros hombres.
La nieta de Eva la aparca junto al banco y se aleja, "a ver cuándo se muere", apresurada y sin aire, para dar el último beso a Martín, que en la barra del bareto de la esquina busca un escote en el que lanzar un órdago a sus ojos, antes de ir a trabajar. Con el café aún chorreándole entre los dientes, en los labios un beso rápido, "pesada de los huevos", y el la mente los pechos más que abultados de la camarera.
Sale, y a punto Martín se choca con Alberto y Sonia, que dedican diez minutos antes de su clase de latín a aprender sobre ellos mismos, rodando sobre la hieba, esos besos adolescentes que nunca llegan a nada. Mojados, más que por ósculos, por aspersores, se chocan con las ruedas de la silla de Eva. Manuel, que pierde el encarte del beso, mira a la vieja, mira al viejo, y ve a tantos hombres, a tantas mujeres.
"A mí nunca me pasará eso, te quiero, Sonia". Sin saber que va sin mano.
El paseo por el jarín que a mi casa ahoga, me ha recordado el último corte a la baraja que hizo, adios para siempre, mi juventud.
Publicado
el
2003-08-05
a las
09:46
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