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¿Se pueden echar cuatro polvos en ocho horas? Cuando quieras te demuestro que así es, aunque uno no tenga ganas ya ni de quitarse los calzones. Y es que el sexo nada tiene que ver con el alma, ni con el amor sin paréntesis, ni con los adjetivos necios con los que los vendedores de cielos insultan a la humanidad entera.
Da pena, la verdad, no poder apagar las velas de la cena a soplidos, que la cera tenga que manchar de rojo el mantel junto a la fruta. Qué pena de flores mustias que tan bien han decorado lo que esconden tus piernas. Qué pena de ángel, qué pena de nubes de luto. Y del purgatorio no creas que pueden salvarme esos besos envenenados que me van matando, más bien maquillarán un calendario aburrido de esperarte.
A la mierda los cabrones que miran y comprenden. Por mí le pueden dar mucho por culo a quienes me cierran los bares, a los que no me dejan tomar la vigesimosegunda copa, a quienes me quitan la cerveza de la mano por ir demasiado borracho. Siempre me quedarán las latas del frigorífico, que tomaré, para variar, como un naúfrago en un mar de tangos.
Y si te quieres morir, mátame. Pero hazlo antes de que las ganas que tengo de no verte me recuerden que prefiero el Sunshine Of Your Love al Aserejé. Bien, cada vez queda menos para que mis huellas se desvanezcan en el estiércol, para que este guión absurdo me obligue a rallarme, así que ahora sólo pensaré en mis Carnavales de Badajoz. Todo lo demás, espero, me importará tres cojones. O cuatro polvos.
Publicado
el
2003-02-24
a las
06:51
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